La Espada Ropera

5, octubre, 2007 at 11:14 pm (Esgrima Antigua)

Por Juan José Pérez, de la AEEA.

La espada ropera es el arma que instintivamente asociamos a nuestro Siglo de Oro como parte de la vestimenta de un gentilhombre: su cruz, de largos y delgados gavilanes, su guarnición, de taza, conchas o lazo, su hoja, larga y estrecha, dotan al conjunto de una elegancia notable y un equilibrio que cualquier persona dotada de un mínimo gusto estético no puede dejar de admirar. Su periodo de máximo esplendor podríamos situarlo entre 1.525 y 1.675, aproximadamente, siendo reemplazada progresivamente por el espadín típico del siglo XVIII, de origen francés.

No obstante su belleza, estamos ante un arma auténticamente letal, y extremadamente adaptada al combate real en duelo. La espada ropera está adaptada a un estilo de esgrima propio, que está en el origen de la esgrima posterior para espadín, e incluso de las del florete y espada deportiva, pero con su propia dinámica y necesidades ofensivas y defensivas, lo que la hace muy diferente en su práctica.

El término “espada ropera” es de origen español, y aparece por vez primera en el Inventario de Objetos perteneciente al Duque Don Álvaro de Zúñiga, en fecha tan temprana como 1468 (según describe J.M. Peláez, en su magnífico artículo sobre la ropera publicado en la revista Gladius). En Francia se habla por primera vez de la espada ropera (la rapière) en documentos de en torno a 1474. Un autor de referencia obligada como Oakeshott, en su libro “European Weapons and Armour”, soporta esta idea e indica que a ya principios del siglo XVI el término estaba bien establecido en Francia, adoptándolo pronto los ingleses como “rapier”.

Es importante señalar que al menos en el siglo XVI una espada ropera no era tan sólo un arma para su uso exclusivo de punta, con hoja se sección estrecha y aguzada. En realidad, en la España de la época cualquier espada destinada a un uso de duelo y de vestir, acompañando a las vestimentas de un civil (o de un militar en traje civil), era denominada ropera, quedando por tanto fuera de esta denominación sólo las espadas puramente militares, de guarnición sencilla. Encontramos por tanto durante este periodo elaboradas guarniciones de lazo acompañando a hojas relativamente anchas, apropiadas para un uso tanto de punta como de corte, y aún estaremos frente a una espada ropera. Incluso a finales del siglo siguiente (ya hacia 1.660-80), cuando las hojas de fina sección cuadrangular o romboidal (llamadas verduguillos) son ya moneda común, algunas espadas civiles de hoja ancha volvieron a estar de moda en España, siempre montando guarniciones propias de auténticas espadas roperas.

En cuanto a las guarniciones, hay tres tipos principales que debemos considerar: guarniciones de lazo, de conchas o de taza, que de forma consecutiva van brindando una mayor protección de la mano que la empuña.

Una guarnición de lazo está compuesta por los gavilanes (la cruz, propiamente dicha), largos y generalmente no muy gruesos, un guardamano en forma de arco que protege los nudillos, uno o dos anillos perpendiculares al plano de la hoja, y una serie de ramas que unen entre sí todos estos elementos por el anverso o zona exterior, y por el reverso o zona interior de la guarnición. No todos estos elementos deben estar necesariamente presentes, y por ello algunos autores clasifican este tipo de guarniciones como de cuarto de lazo, medio lazo, tres cuartos y de lazo entero, en función del número de estos elementos presentes. Esta guarnición, habitual entre 1550 y 1620, aproximadamente, tiene su origen en las guarniciones de patillas de finales del s. XV, y era realmente eficaz para parar cortes, pero en algunos casos la punta del rival podía introducirse entre los diferentes ramales y lastimar la mano que empuñaba el arma. Por ello solían usarse guantes de cuero relativamente gruesos al luchar con este tipo de espadas. No obstante, para muchos, entre los que me cuento, la elegancia, equilibrio y sencilla belleza de este tipo de guarniciones son con frecuencia simplemente insuperables, y son un digno exponente del arte renacentista.

Conforme evolucionaba la esgrima hacia un uso cada vez mayor de la punta, se hizo necesaria una mayor protección de la mano, por lo que entre los anillos de la guarnición de lazo se añadían con frecuencia chapas metálicas (conchas). Con el tiempo estas conchas estaban formadas por una sola pieza de chapa de hiero o acero bilobulada, que se unía mediante un par de patillas a la cruz. Nacía así la guarnición de conchas, típicamente española, práctica y resistente, y que gozaría de un periodo de popularidad extremadamente largo, pudiendo encontrarse ejemplares entre 1640 y… ¡1790! Su éxito fue grande en ámbitos militares, y los últimos ejemplares que se conocen eran típicamente espadas destinadas a su uso por la caballería.

Para incrementar aún más si cabe la protección de la mano, otras guarniciones prácticamente contemporáneas a las de conchas presentaban no una chapa bilobulada, sino un auténtico casquete semiesférico, que en la práctica tomaba la forma de un bol o taza, sostenido igualmente por un par de patillas. Esta taza, que da nombre a este tipo de guarnición, unida a los gavilanes y el guardamano, ofrecía un nivel de protección máximo de la mano, resultando simultáneamente bastante ligera. Su uso se extendió esencialmente por España e Italia, perdurando hasta bien entrado el siglo XVIII. Es la clásica guarnición que todos asociamos mentalmente a una ropera.

La espada ropera, sin llegar a ser un arma pesada o incómoda de manejar, no es desde luego el tipo de arma que podemos ver en las películas “de mosqueteros”. En el cine frecuentemente encontramos guarniciones de estilo ropera (normalmente de taza) unidas a hojas de espada de moderna esgrima deportiva, algo más cortas y mucho más ligeras y flexibles que las auténticas hojas originales. La ropera era un arma de dimensiones considerables (algunas hojas superaban holgadamente el metro de longitud) y un peso apreciable (cercano a un kilogramo), por lo que su esgrima debe adaptarse a este hecho. Por ejemplo, las acciones suelen darse en un solo tiempo (uniendo la parada y la respuesta en un movimiento continuado), dada su mayor inercia intrínseca.

Aun así, una buena pieza de época que mantenga todos su elementos originales (guarnición, puño y pomo) está dotada de un equilibrio tan perfecto que la hace mucho más rápida en la mano de lo que sus dimensiones puedan sugerir a primera vista. El punto de equilibrio de estas espadas suele situarse a unos cuatro dedos de la guarnición, aunque esto es muy variable y depende del uso previsto para cada pieza (esto es, favoreciendo en exclusiva la esgrima de punta o permitiendo su uso de corte). Por ello, cuando nos encontramos ante una pieza dudosa, la sensación que nos produce en la mano suele ser determinante a la hora de diferenciar una auténtica pieza del siglo XVII de una reproducción de finales del XIX, pongamos por caso, bella en apariencia pero que en la mano no pasa de ser más que una barra de hierro.

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