Prehistoria de Japón

11, diciembre, 2006 at 11:03 am (Japón)

Período Jomon
Podemos conocer concretamente las vidas de los habitantes del archipiélago desde el período Jomon, que se inició hace aproximadamente 12.000 años. La cultura del pueblo Jomon fue similar en el ámbito de todas las islas, desde Hokkaido hasta Okinawa. Subsistían mediante la caza, la pesca, recolectando frutos o granos y gracias a una agricultura primitiva de cereales. Una de las particularidades de esta cultura fueron las vasijas Jomon, que reciben este nombre por los dibujos de cuerda en su superficie.


Período Yayoi
El archipiélago japonés ha tenido las influencias de culturas externas como la del norte de Siberia, la del sur de Taiwán, Filipinas o de distantes islas del Océano Pacífico y, las más importantes, del oeste, desde la península coreana hasta China. El período Yayoi se inició con la importación de la técnica de cultivo y regadío de arrozales, proveniente de Corea o de China. Se supone que el comienzo de este período fue durante el siglo III adC.
El nuevo estilo de vida se extendió rápidamente en Kyushu, Shikoku, y Honshu. Historiadores de la antigua China la llamaron el área Wa. Ellos anotaron que los reinos de los pequenos países de Wa eran tributarios del Imperio Han en el siglo I y del siguiente imperio, en el siglo III. Yamatai-koku (koku = país) del siglo III fue una confederación de muchos pequeños países, pero su ámbito está bajo debate entre historiadores.
Pero los habitantes de Hokkaido y del norte de Honshu no adoptaron el sistema de arrozales de agua por su hábitat frío. El pueblo se llama emishi, ezo, o ainu. El período Zokujomon (jomon continuado) siguió hasta el siglo VII en Hokkaido.
Los habitantes de Okinawa fueron influenciados de la cultura Yayoi. Pero ellos no adoptaron el arrozal de agua y dependían de los productos del mar. El período Kaizuka se prolongó hasta el siglo XII en Okinawa.


Período Kofun
Se llama Kofun a las tumbas antiguas de los jefes locales en Kyushu, Shikoku y Honshu. En el período Kofun, desde el siglo III hasta el siglo VII, Kofun demostró el surgimiento del poder político local. Las diversas y similares formas de Kofun son consideradas como el signo de emergencia del estado Yamato, el estado unido de Japón. Pero hay divergencias de opiniones respecto a si este período fue signo de la independencia local.
Los historiadores chinos registraron que una serie de reyes de Wa, conquistadores de muchos países, quisieron la aprobación de la hegemonía sobre Corea en el siglo V. Nihonshoki, la historia escrita en el siglo VIII, anota detalles del período. Sin embargo, los estudiosos no coinciden sobre la confiabilidad de Shoki.
En el siglo V o VI, el Budismo y el Confucianismo llegan desde China y Corea. El gobierno de Yamato recibió y protegió el budismo como nueva religión.
Los habitantes de Okinawa y Hokkaido no fueron influenciados por la cultura Kofun.

Extraído de Wikipedia.

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Las aventuras de Ibn Fadlan

11, diciembre, 2006 at 10:51 am (Vikingos)

Ahmed Ibn Fadlan fue un cronista persa enviado por el Califa de Bagdad con una embajada al Rey del Búlgaros, en el año 921, en una región del Volga. Allí escribió todo aquello que vio y escuchó a lo largo del viaje, cosa que ha sido de gran ayuda para los historiadores actuales, aunque siempre teniendo en cuenta los posibles prejuicios propios de un Ibn Fadlan habituado a unas costumbres palaciegas de una de las sociedades más refinadas de la época.
Para aquéllos a quienes les suene el nombre o algo de lo que relata el persa, hay una explicación: es la otra fuente de información que utilizó Michael Crichton a la hora de escribir “Los Devoradores de Cadáveres”, la novela en la que se basó la película protagonizada por Antonio Banderas y Vladimir Kulic “El Guerrero número 13”.
Gran parte de su crónica está dedicada a los vikingos, que se encontraban allí para comerciar, a los que llama Rus; tal es el nombre que los nórdicos recibieron en Oriente y que daría lugar al nombre de Rusia, reino que ellos fundaron con base en la ciudad de Kiev.
Ibn Fadlan se asombra por la perfección física de aquello hombres altos, fuertes, de piel muy blanca y rubios o pelirrojos, que vestían unos atuendos para él desconocidos. No menos estupefacto quedó con las armas que aquellos hombres portaban (hachas arrojadizas o espadas rectas y acanaladas) o los tatuajes que cubrían sus brazos de color verde oscuro. En aquel viaje, posiblemente de manera extraordinaria, les acompañaban sus esposas, que llevaban prendida en su túnica una cajita metálica, cuyo valor indicaba la riqueza de su esposo, además de unos caros collares de oro y plata. Se extraña así mismo el cronista del precio exagerado que llegan a pagar estos mercaderes por las cuentas de vidrio con que también se adornan sus mujeres.
Pero no todas las observaciones resultan positivas o tan siquiera indiferentes. Al parecer, la higiene no ocupaba un valor muy importante entre aquella gente. “Son las criaturas más asquerosas que Dios ha creado”, escribe el persa. El caso es que los vikingos no se lavaban después de mantener relaciones sexuales ni después de comer, y eso resultaba inexcusable para un musulmán; por las mañanas si que se lavaban, pero he aquí un nuevo motivo de queja, ya que todos lo hacen en la misma palangana, cuando las normas islámicas decían que el agua con que alguien se lava (purifica) no debe tocar a nadie más.
Si alguno de ellos caía enfermo se apartaba del grupo a una tienda de campaña, alimentándose sólo de pan y agua, sin que los demás fuesen tan siquiera a visitarlo; si se recuperaba, volvía con los demás; si moría, lo incineraban. En caso de que fuese un esclavo, tenía más posibilidades de que fuese comido por los perros o por los buitres.
El rey de los Rus tenía en su palacio 400 hombres: los mejores guerreros y los que merecían su confianza, capaces de morir por él. Cada uno de ellos tenía dos esclavas, una que le servía la comida y otra con la que dormía. Aquí otra de las costumbres inexcusables: a veces el rey no dudaba en desfogarse con alguna de sus cuarenta esclavas sin bajarse siquiera del trono, y sin importar quien estuviese mirando. “Son como asnos salvajes”, es la conclusión del persa.
Cuando los Rus desembarcaban, lo primero que hacían era clavar una especie de poste con una cara labrada, ante la que se postraban invocando a alguno de sus dioses, al que piden que llegue algún mercader con muchos dinares y con ganas de comprarle las mercancías que ellos han traído desde tan lejos. Dejan una ofrenda a su dios, cosa que volverán a repetir otros días en caso de que las transacciones comerciales no salgan como desea. En cambio, si todo a salido a pedir de boca, les ofrecen un sacrificio en toda regla, dejando parte de la carne ante los ídolos y clavando la cabeza de los animales en estacas.
Especial relevancia en la crónica de Ibn Fadlan tiene la ceremonia de cremación de un personaje importante, debido a la minuciosidad con que la describe. No hay ningún otro escrito que pormenorice tanto un ritual funerario vikingo.
Primero hacen un entierro preliminar del cadáver y lo mantienen así durante diez días; mientras tanto, los familiares del difunto preguntan a sus esclavas quien quiere acompañar a su amo al más allá. La esclava que se presenta voluntaria recibe un tratamiento especial que la mantiene en un permanente estado de felicidad; se pone todo tipo de adornos, bebe, canta y se entrega a los hombres, mientras las demás preparan la ropa que el muerto llevará más tarde. Estas ropas son muy importantes en el ritual; para hacerlas se han apartado un tercio de los bienes dejados por el difunto; otra parte es para la familia y la restante para comprar la hidromiel que se consumirá durante las ceremonias de esos días, que llegan a adquirir carácter orgiástico.
Los amigos del muerto llevan su barco a tierra, varándolo sobre unos soportes de madera, y acampan a su alrededor. Entonces entra en escena una anciana de aspecto más bien siniestro a quien llaman el ángel de la muerte, que viste al muerto, tras ser sacado de la tumba, con la lujosa ropa nueva. Los amigos lo suben al barco y lo acuestan dentro de una tienda de campaña, sobre mantas y cojines. A su lado van depositando comida y bebida, además de sus armas. Fuera del barco, descuartizan su perro y sus dos caballos, así como dos bueyes, un gallo y una gallina, echando los pedazos sobre la cubierta del barco. Mientras tanto, la esclava recorre sucesivamente las tiendas de los amigos del muerto y mantiene relaciones sexuales con ellos, cosa que es considerada como un homenaje especial que estos hacen al difunto. Ella protagoniza después un pequeño ritual en que es alzada sobre un armazón de madera y, mirando a lo lejos, dice ver a sus padres, a su parientes muertos y por fin a su señor que la llama. La suben al barco y le dan varias veces de beber hidromiel, cuyos efectos le hacen cantar y despedirse de sus seres queridos. La anciana la mete en la tienda y los hombres que permanecen cerca del barco golpean sus escudos con las lanzas, provocando un ruido ensordecedor. Seis de ellos entran también en la tienda y mantienen con la esclava una nueva sesión de sexo antes de que cumpla con su misión; finalmente la vieja le clava un cuchillo mientras dos de los hombres la estrangulan con un cordón. Después, el pariente más próximo del difunto, desnudo y caminando de espaldas, tira una antorcha a la leña amontonada bajo el barco; los demás amplían la hoguera con su propias antorchas. Aproximadamente una hora después, cuando todo ha quedado reducido a cenizas, erigen sobre ellas un montículo y sobre él un poste donde graban con runas el nombre del muerto y el de su rey. El funeral termina con la borrachera general de todos los asistentes, sin ningún tipo de muestras de dolor.
Ante la extrañeza del persa por el hecho en sí de la cremación, a parte del resto de parafernalia, un vikingo le increpa con la costumbre de los musulmanes de poner a los muertos bajo tierra, donde los gusanos los devorarán.

Información extraída de El Drakkar.

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