Los Caballeros del Templo de Jerusalem (II Parte)

26, marzo, 2006 at 11:04 pm (Uncategorized)

Las escaleras subían y bajaban. ¿A dónde iría primero?. Arriba era un poco más peligroso, el suelo de madera podrida y carcomida podía hundirse en cualquier momento. Abajo sólo había tinieblas. Comenzó a subir. La madera crujía peligrosamente bajo sus pies. Eso estaba mejor. Podía imaginarse que era un aventurero, un arqueólogo como Indiana Jones en busca del Arca de la Alianza. Además, ¿los templarios no venían de donde los judíos?
Al llegar a la penúltima escalera, ésta crujió más que las demás y cedió bajo sus peso. Se sujetó con ambas manos a la pared y a la última escalera, con lo cuál la antorcha salió volando y cayó unos cuantos peldaños más abajo.
-¡Maldita sea!. ¡Maldita sea!.-el tobillo le dolía un poco, pero se levantó para coger la antorcha antes de que provocara un incendio.
Volvió a subir, esta vez con más cuidado, y llegó al primer piso. ¡Al fin!. Con suma cautela caminó contra la pared hasta llegar a la primera puerta. No podía seguir, en el suelo había un enorme boquete que se lo impedía. La puerta también estaba cerrada, pero era tan vieja que se abrió fácilmente. Allí debía de ser donde comían los “curas guerreros”. ¡Pues vivían bien!. Había una larga mesa rodeada por enormes sillas de madera maciza con los restos de finos tapizados. También descubrió que había alguna que otra gotera al caerle una gruesa gota de agua en el cuello. Se le erizó la piel, y pasó la mano para secarse mientras se apartaba.
Entonces oyó el ruido. Era como si hubiesen cerrado una puerta al fondo del pasillo; pero era imposible, el agujero que había en el suelo lo hacía imposible. Además allí no había nadie más.
-Habrá sido el viento.- se dijo.
Pero prefirió salir de allí, por si se hundía o se caía algo más.
Se recordó que debía tener cuidado con las escaleras, y las bajó con toda la precaución posible. Y, ¿ahora qué?. Pues a mirar lo que había abajo. Y comenzó a descender por las escaleras de piedra.
Un crujido en las viejas escaleras de madera le hizo mirar hacia arriba. Volvieron a crujir otra vez, pero no había nada. Y otra. Él estaba allí inmóvil, sujetando la tea mientras el corazón comenzaba a chocarle contra las costillas. Otro crujido. Y de pronto se derrumbaron levantando una polvareda mientras él saltaba hacia atrás. -¡Joder!. ¿Ha sido culpa mía?.- se dijo en alto para tranquilizarse. Y se decidió a bajar con calma y respirando hondamente para calmarse. Se había librado de una buena. ¿Y si se hubieran desmoronado cuando él estaba bajando?. ¡Qué suerte!. Esos peldaños al menos eran de piedra, estaban gastadas, pero siquiera no se hundirían bajo sus pies.
Mientras bajaba, el olor a humedad, un olor rancio y podrido que ya se respiraba arriba, se fue haciendo cada vez más fuerte; y la oscuridad, más negra todavía. El frío le calaba los huesos. Su ropa estaba algo húmeda por la lluvia, pero hasta entonces no la había sentido tan pegada a su piel.
Llegó al fondo, y no se veía el principio de las escaleras. Allí había lo que parecían unas celdas. Debía de ser donde los curas metían a sus prisioneros de guerra. Vio unos bultos a la derecha y se acercó para iluminarlo mejor. Eran viejos instrumentos de madera podrida con metal oxidado. Armas semejantes a las que salían en las películas medievales. ¿Serían para torturar a los presos?. Seguro que sí; todos esos curas en el fondo eran iguales. Inquisidores.
Volvió hacia donde estaban las celdas para mirar a ver si había algún resto humano olvidado en su interior. Entonces oyó algo así como pasos arriba, unos pasos que comenzaban a bajar las escaleras… ¡Son ellos, seguro!. Voy a darles un susto de muerte, pensó. Y cuando se encaminaba hacia el interior de una de las celdas, los pasos cesaron. Se detuvo para escuchar. Nada. Durante unos minutos estuvo en silencio escuchando. Pero nada. ¿Habían visto la luz al fondo de la escalera?. ¿Y si los llamaba?.
-¡Chicos, soy yo!. ¡Estoy aquí!.
Un ruido desde el interior de la celda. La iluminó, y el susto hizo que soltara la antorcha para cubrirse la cara mientras decenas de asquerosos murciélagos salían chillando y comenzaban a subir por el hueco de las escaleras. La antorcha salió rodando para caer en un charco de agua cochambrosa y apagarse con un silbido.
-¡Joder!. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?.-exclamó estirando los brazos en la oscuridad mientras el ruido del aleteo de los murciélagos se extinguía.
Pues no debían de estar allí, pensó al encender de nuevo el mechero, de lo contrario les oiría siquiera gritar al verse sorprendidos por aquellas ratas con alas. Pero entonces oyó aquel susurro que pronunciaba su nombre, e iluminó las escaleras. Sin embargo allí no había nada. Imposible, debían de estar allí, delante de él, para poder escucharlo con tanta claridad.
El corazón volvió a latirle de nuevo a toda prisa, y sintió como que casi se le salía por la boca cuando escuchó de nuevo aquel susurro, aquella voz que lo llamaba al lado de su oído; y se giró al notar como si una mano le rozara el hombro para llamar su atención. Pero allí no había nada; no veía nada. Se pegó contra la pared, con la boca abierta, la exclamación ahogada, y permaneció unos minutos eternos mirando a la oscuridad y esperando que aparecieran sus amigos de la nada.
Es tu imaginación, se dijo, solamente tu maldita imaginación. Pero el corazón continuaba latiéndole a toda velocidad, y sentía cómo la sangre caliente corría por sus venas congeladas por el pánico que se había apoderado de él. Durante bastante tiempo permaneció inmóvil, maldiciendo aquel condenado sitio, su maldita suerte y a los “curas guerreros”. Cuando se consiguió calmar lo suficiente se encaminó a las escaleras y las subió a la carrera. Por un par de veces se apagó el mechero, y por un par de veces tropezó y se cayó; pero volvió a levantarse y a subir sin pensar en nada, sin asustarse por nada. O al menos eso intentaba.
Al llegar arriba corrió hasta la puerta, pero estaba cerrada. ¡Maldita sea!. La empujó con todas sus fuerzas, pero no cedía ni en broma. ¡Aquellos tres graciosos se iban a enterar cuando los cogiera!. Ahora ya sabía que ellos estaban allí.

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En un Jardín de Fantasía

26, marzo, 2006 at 11:39 am (Uncategorized)

La última ocurrencia que he tenido ha sido crearme otro blog para plasmar en él una historia que estoy escribiendo. Lo he titulado En un Jardín de Fantasía (un pequeño rincón en el reino de la Emperatriz Infantil, recóndito y tan secreto que ni Atreyu ni Bastián tuvieron nunca noticias de él), y he añadido el link a la lista de links, ahí a la izquierda (aunque también sale en mi perfil, pero oye, nunca está de más hacerse publicidad a uno mismo).
Desde aquí quiero también invitar a algunas amigas (y/o/u amigos, porque no hago discriminaciones de ningún tipo) a que, si quieren darle un poco de vida, que me dejen sus mails y -además de así tenerlos para mantener contacto por ese medio- añadirl@s como miembros, para que suban cualquier cosilla que escriban y quieran compartir en mi pequeño Jardín (ya os dejaré también un aviso en vuestros blogs, puestos a hacer publicidad gratuita y por el morro).
Ahí queda eso.

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De las calamidades de Londres en el XVII

26, marzo, 2006 at 9:30 am (Uncategorized)

Hoy, un poco de historia londinense. ¿Por qué estos desastres? Supongo que porque los desastres fraguan el carácter, tanto de la gente como del propio ámbito geográfico en donde se desarrollan. Además, ha sido algo que me llamó mucho la atención (y me recordó también el Gran Incendio de Nueva Orleáns), y que para mí era bastante desconocido hasta hace poco.
El periodo Estuardo se vio dominado por dos desastres en Londres: la Gran Peste y el Gran Incendio. En 1665, la Peste se extendió por la ciudad, traída por un barco desde Holanda. Londres estaba acostumbrada a las pestes desde la Edad Media, pero ésta fue diferente –un brote tan virulento que los que la padecían podían cogerla y morirse en sólo unas horas. La ciudad se vio sumida en el pánico. Los enfermos eran encerrados en sus casas, con sus familiares. Se creía que los perros y los gatos propagaban la enfermedad, así que el Lord Alcalde ordenó matarlos a todos. Así, de un golpe, se eliminó a los enemigos naturales de las ratas, que eran las auténticas propagadoras. A lo largo del largo y cálido verano de 1665, la peste arrasó Londres. La corte huyó, muchos doctores y sacerdotes les siguieron, y todos aquéllos con lo suficiente para escapar, se iban rápidamente. Aunque lo peor de la peste se fue en otoño, no fue hasta la siguiente gran calamidad que se limpiaron las mugrientas calles de Londres de lo que quedó de la plaga. Se estima que la tasa de muertes fue desde 70.000 a más de 100.000.
La segunda calamidad fue el Gran Incendio.

En la mañana del domingo, el 2 de septiembre de 1666, comezó la destrucción del Londres medieval. En cinco días, la ciudad que Shakespeare había conocido fue destruida por el fuego. Un área de más de tres kilómetros y medio por dos y medio fue convertida en cenizas; más de ciento cincuenta hectáreas en el interior de las murallas de la ciudad y veinticinco hectáreas y media del exterior, 13.200 casas y 87 iglesias (incluyendo la vieja catedral de St. Paul) fueron destruidas. Es realmente increíble que en todo este desastre sólo se perdieran ocho vidas (o sólo se tiene conocimiento de la pérdida de esas vidas, vamos). Lo que sí que se sabe seguro es que la destrucción de todas esas casas de madera tan cercanas y otros edifidios, se consiguió poner fin a la Gran Peste que había devastado la ciudad el año anterior.
El fuego comenzó en la casa y la tienda de Thomas Farynor, panadero del rey Carlos II, en Pudding Lane (donde ahora se levanta el llamado Monumento, realizado para conmemorar el Gran Incendio). Farynor se olvidó de apagar el fuego de su horno la noche anterior, lo que provocó que las brasas prendieran fuego en la cesta de leña que había junto al horno. Alrededor de la una de la madrugada, tres horas después de que Farynor se fuese a la cama, tanto la casa como la tienda estaban en llamas. El ayudante de Farynor se despertó encontrando la casa completamente llena de humo, y consiguió despertar a todos los que en ella habitaban. Farynor, su esposa, su hija y un sirviente escaparon trepando hasta una ventana del piso superior, y de allí al tejado. La doncella estaba tan asustada de tener que caminar por los tejados que se quedó en la casa, convirtiéndose así en la primera víctima del fuego.
Las chispas del incendio cayeron en la paja y el heno del patio de la Star Inn en Fish Street Hill. La Londres de 1666 era una ciudad que tenía hechos de madera por lo menos la mitad de sus edificios, con los tejados cubiertos de brea para impermeabilizar la paja. Estos edificios sufrían un riesgo de incendio extremo y se prendía en ellas el fuego de una forma muy fácil. Con los fuertes vientos que soplaban ese día, las chispas se esparcieron rápidamente, prendiendo en los tejados y las casas según iban cayendo sobre ellos. Desde el Star Inn, el fuego se propagó a la iglesia de Saint Margaret, entrando en Thames Street. Ahí había almacenes y muelles llenos de cajas de materiales inflamables: aceite, licores, sebo, cáñamo, paja, carbón, etc. En ese momento, el fuego ya era demasiado voraz como para ser combatido con los pobres dispositivos de los que podían hacer uso (a penas cubos y palas). A las ocho de la mañana, siete horas después de iniciarse el incendio, las llamas habían hecho ya mitad del camino sobre el viejo Puente de Londres. Sólo el hueco dejado por un incendio anterior en el 1633 previno el que las llamas cruzaran el puente y comenzasen un nuevo fuego en Southwark, en el lado sur del río.

Los fuegos ardieron a lo largo de todo ese día y del siguiente. Fleet Street, Old Bailey, Ludgate Hill, Newgate, etc, fueron todas reducidas a cenizas. Se sabe que las piedras de la vieja catedral de St Paul explotaron por el calor, y también se fundió el plomo del tejado, corriendo como un arroyo por las calles. El fuerte viento proveniente del este mantenía el avance de las llamas.
Poco se pudo hacer para detener el avance del incendio. Se habían promulgado varias leyes, obligando a los vecinos de la ciudad -devido al estado y materiales de las casas, ya que no era la primera vez que se provocaban fuegos, aunque nunca tan terribles- a proveerse de calderos, escaleras, ganchos para incendios,… pero mucho de este equipamiento se podría debido a la negligencia; y los suministros de agua, estando lejos de las orillas del río, eran más bien escasos.
Entonces, con muy pocas alternativas, se comenzó a pensar en demoler las casas para crear varios cortafuegos. El Lord Alcalde Bludworth estaba más preocupado en pensar quién pagaría la reconstrucción de esas casas que el ayuntamiento ordenaba derruír. Ciertos “grupos entrenados” fueron llamados para asistir en la demolición, pero comenzaron demasiado cerca del avance del fuego y fueron incapaces de despejar esos lugares antes de que las ruinas se convirtieran en más combustible para las llamas.
Completamente desesperados, optaron por demoler las casas usando pólvora, llegando a tener un éxito desmedido en algunos casos. Durante otros tres días el fuego arrasó la ciudad antes de terminar por apagarse en Temple Church, cerca de Holborn Bridge.
Mientras la ayuda comenzaba a llegar tras los anteriores días de pánico, el incendio moribundo comenzó a arder de nuevo y a trepar por el Palacio de Whitehall. El Duque de York ordenó la destrucción de más edificios y el incendio, por fin, consiguió controlarse.
Al final del incendio sobre cuatro quintos de la City (la zona centro y más histórica de Londres, la que había sido construida dentro de las viejas murallas de la ciudad) habían sido destruidos, lo que contabilizó 13.200 edificios de casas, 87 iglesias y 50 edificios de comerciantes sobre un área de más de ciento setenta y seis hectáreas. Aunque el fuego se llevó unas pocas vidas, por lo menos sirvió también para algo bueno: las ratas que habían ayudado a transmitir la peste bubónica el año anterior murieron en el incendio. El número de las víctimas de la peste disminuyó rápidamente tras el Gran Incendio.
Para aquéllos que lo perdieron todo, la vida les dejó de pronto en la más abyecta miseria. La población de la ciudad se dispersó alrededor de St George Fields y Moorfields, y en las afueras llegó tan lejos como a Highgate. A algunos se les entregaron tiendas de campaña, otros se construyeron refugios con lo que tenían a mano o con lo que podían, levantando cabañas y casuchas. Miles de personas se vieron arruinadas y la prisión de deAngliaCampusors se vio abarrotada.
El Gran Incendio de Londres puso en movimiento los cambios que se convirtieron en la base de la organización de la lucha contra incendios en el futuro. Las casas de madera y los diseños del periodo medieval fueron reemplazados por edificios de ladrillo y piedra, y los propietarios comenzaron a asegurar sus propiedades contra incendios. Las nuevas compañías de seguros se dieron cuenta rápidamente de que sus pérdidas podían ser mínimas empleando hombres que se encargaran de apagar los fuegos.

Christopher Wren, el gran arquitecto inglés del XVII comenzó la reconstrucción de Londres. En unos días presentó un plan para reconstruir la ciudad con amplias avenidas y plazas abiertas reemplazando el laberinto de callejones y travesías. Pero era demasiado caro, sobre todo después del gasto llevado a cabo para sofocar el Gran Incendio. Así y todo, a Wren le dieron el dinero para reconstruir las iglesias, construyendo al final 49 iglesias nuevas y la gran catedral de Saint Paul que todos pueden admirar hoy en día. Muchas de las iglesias actuales de Londres se deben al trabajo de Wren, y es realmente complicado encontrar alguna anterior a esa fecha.
Después del Gran Incendio de 1666, la cara de Londres cambió para siempre.

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Los Caballeros del Templo de Jerusalem (I Parte)

26, marzo, 2006 at 1:02 am (Uncategorized)

Éste es uno de los cuentos que tengo terminados -lo escribí en el instituto, en segundo de BUP, si no me equivoco, así que es viejo, bastante viejo, aunque ha sufrido algún que otro retoque a lo largo del tiempo-, por eso voy a postearlo aquí, para que podáis leer algo que ya tiene un final definido. Bueno, espero que os guste.

Allá por el año 1118 de Nuestro Señor, -tras la toma de Jerusalem por los cruzados cristianos-, Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer y un grupo de caballeros fundaron la Orden del Templo para la protección de Tierra Santa y de los peregrinos.
Estos caballeros eran a la vez religiosos y militares; organizaban su vida según la regla monástica benedictina, adaptándola a la condición seglar y a las actividades guerreras de sus miembros.
Pero la pérdida de la Tierra Santa, a manos del Islam, cuya defensa había sido la primera razón de ser de la Orden, y sin poder justificar ya su existencia, provocó su disolución en manos de Clemente V en el año de Gracia de 1312.
Sin embargo, de todos es conocido los enigmas que envolvieron, -y que todavía envuelven-, a los sitios donde vivieron y murieron los caballeros del Templo. Son lugares rodeados de misterio –y porqué no, también de magia-, en los que aún es posible escuchar el murmullo de sus oraciones antes de entrar en combate, o incluso hay quien jura escuchar algunas noches el metálico chasquido de las espadas entrechocando. Por lo tanto, la siguiente historia pudo suceder en cualquiera de sus doce provincias de Occidente, o de sus cinco en Oriente, lo único cierto es que ocurrió… o que tal vez haya sido producto de la imaginación de los que se sienten fascinados por su misterioso modo de vida y su desaparición.

Desde pequeños se habían sentido fascinados por la vida de aquellos “caballeros monjes”, los admiraban y se sentían sobrecogidos por el regio monasterio en el cuál habían vivido y por el que habían luchado hasta la muerte. Jugaban de niños en el bosque que ahora lo rodeaba, soñaban con que eran caballeros del Templo de Jerusalem y que daban su vida por proteger sus muros y sus tierras. Por eso no comprendían que aquel muchacho que había llegado al pueblo hacía poco se burlara de sus juegos de infancia y del respeto que mostraban hacia ellos, los templarios.
Le iban a dar una lección, una buena lección. Aprendería a no reírse de ellos ni de aquel lugar que para ellos era tan especial. Le habían apostado a que no era capaz de resistir una noche entre los muros del monasterio. Ellos se disfrazarían con largas túnicas blancas con cruces rojas, las que utilizaran en el baile de disfraces de hacía un par de meses, y lo asustarían hasta que se meara en los pantalones.


Hacía un par de horas que se había hecho de noche. La luna brillaba tímidamente en el cielo de invierno que empezaba a cubrirse de oscuros nubarrones. ¡Mierda!, y todavía no había llegado al maldito monasterio. Perdería la apuesta por culpa de su madre y su insistencia en que tenía que fregar los cacharros después de la cena. Miró el reloj; las once menos cuarto. Tendría que echarse una carrerita si quería llegar antes de las once y antes de que empezara a llover.
En diez minutos estaba ya en el camino que conducía a la entrada del edificio. Se detuvo un momento para tomar aire. El corazón parecía salírsele del pecho por el esfuerzo. En realidad no estaba nervioso ni sentía miedo por pasar unas horas entre aquellos estúpidos cuatro muros medio derruidos. ¿De verdad aquellos tres se creían que le asustaría pasar la noche en lo que fuera una casa de curas? ¡Vale!, luchaban. ¿Y qué?. Eran curas que se habían muerto un montón de siglos antes. ¡Qué estupidez!
Bien, ya se sentía mejor. Miró a su alrededor. Los árboles habían perdido todas sus hojas. Sus formas caprichosas y retorcidas mostraban que ya tenían algún que otro siglo de antigüedad. Avanzó entre ellos con paso firme y decidido. De pronto la luna se ocultó y sintió como comenzaban a caer las frías gotas de agua sobre la piel de su rostro.
-¡Mierda!-exclamó mientras echaba a correr hacia la puerta del monasterio.
Había quedado allí fuera con aquellos tres impresentables, pero no iba a quedarse como un pasmarote bajo la lluvia. Les esperaría dentro. Empujó un poco el viejo portón de madera, pero estaba demasiado oxidado para abrir así de fácil. Tantos siglos y ni una gota de aceite para los goznes…
Un rayo se hizo camino entre las nubes y lo iluminó todo.
Dio un respingo al ver la horrible cabeza que había tallada sobre la puerta, justo encima del escudo de armas. Parecía que hubieran cogido a alguien y le hubiesen hecho atravesar el muro hasta los hombros, de modo que sobresaliera la cabeza de ese lado. ¡Y encima había tormenta!
-Pues yo no pienso mojarme.-y con un pequeño esfuerzo logró que las hojas de la puerta se movieran e hicieran un hueco suficiente para que él cupiera.

Dentro no llovía, pero tampoco se veía nada. Las pocas ventanas que había debían de estar bien cerradas y apuntaladas para que nadie entrara. Allí el máximo peligro que había era el de un derrumbamiento. Encendió el mechero. Y por el estado en el que se encontraban los muros, cualquier día de éstos se vendría abajo. ¡Vaya una mierda de sitio!
Miró a derecha e izquierda. Más allá sólo había tinieblas, así que se echó a andar hacia la derecha sin saber muy bien a dónde ir. Unos metros más adelante encontró unas viejas antorchas. Al menos estaban secas, y tal vez prendieran con el fuego del mechero… ¡Genial!, ya tenía una iluminación algo decente.
Siguió caminando e inspeccionando todas las habitaciones que estaban abiertas. Tan sólo encontró telarañas, alguna rata inmunda, y los restos de lo que semejaban mesas, sillas, camas y candelabros de metal. ¡Pues qué bien! ¡Menuda aventura más aburrida!.

Y los otros tres sin aparecer.
Llegó de nuevo a la entrada. “¿Y ahora qué? ¿Me siento en el suelo y espero a que aparezcan? ¿O habrán llegado ya?”. No. Si hubiesen llegado lo llamarían para asegurarse de que estaba allí, seguro. Así que sólo le quedaba una solución: ver lo que había al fondo de unas cochambrosas escaleras unos metros más allá a su izquierda. Se encaminó hacia allí con paso decidido.

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