Alicia (Expulsada al País de las Maravillas)

10, marzo, 2006 at 10:42 pm (Uncategorized)

He de reconocer que, aunque sea un tipo que me cae mal la mayor parte del tiempo por lo “súper-guay” que se hace, algunas de las canciones de Bunbury me gustan, y ésta es una de las que más me gustan. Como imágen, ésta de la pequeña Alice vestida de mendiga, sacada por el propio Lewis Carroll (para los que no lo sepan, Alice es la niña que inspiró “Alice in Wonderland” y “Through the Looking-Glass”).

alicia sortilegio de babia
en el fondo del espejo
alicia ni supone ni piensa
con la luna por cerebro
alicia en su pensamiento
tirando del hilo de su enredo
alicia en el laberinto
sin minotauro me llama ¡teseo!
alicia es siempre tan breve
que ya ha terminado
alicia dice que te quiere
cuando ya te ha abandonado
alicia expulsada
al país de las maravillas
para alicia hoy es siempre todavía
alicia, viajando entre lunas
de charla con musarañas
alicia tejiendo las nubes
con tela que nunca se acaba
alicia es siempre tan breve
que ya la has terminado
alicia dice que te quiere
cuando ya te ha abandonado
alicia expulsada
al país de las maravillas

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Stardust en película

10, marzo, 2006 at 10:26 pm (Cine y TV)

Parece ser que se va a hacer una gran película de esta preciosa novela gráfica de Neil Gaiman (ilustrada por el maravilloso y feérico Charles Vess). Ha puesto Neil en su bonito blog:
“Paramount has set Robert DeNiro, Michelle Pfeiffer Claire Danes, Charlie Cox and Sienna Miller to star in “Stardust,” an adaptation of the Neil Gaiman novel to be directed by Matthew Vaughn. Pic begins shooting in the U.K. and Iceland next month.)(And Mark Strong will be playing Septimus.)”
Lo cuál es una gran noticia, ya que seguro que la película será buena si tiene a esos magníficos actores en el elenco. Por lo que se ve, Mark Strong será Septimus, y también sé que Sienna Miller será Victoria (los que habéis leído la obra sabréis de quiénes hablo, los que no la habéis leído, no sé a qué estáis esperando -aunque es difícil de encontrar en castellano). Y, por cierto, se estranaría en 2007 (me muerdo las uñas pensando en ese estreno).
A ver si cuelgo un día de estos una revisión de la novela, que es otra de estas fabulosas historias que el señor Gaiman escribe, con hadas, brujas, y mucha magia.
¡Soy feliz!

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Viggo, el capitán

10, marzo, 2006 at 2:07 am (Cine y TV)

Hace poco que he descubierto este precioso artículo de Pérez-Reverte, publicado en El Semanal, sobre la interpretación de Viggo Mortensen en “Alatriste”. Lo cierto es que leyéndolo, no puedo sino pensar en lo mucho que deseo que se estrene esa película -que se estrena en septiembre de este año, por cierto. Porque el Capitán es uno de mis personajes favoritos, y porque estoy segura de que Viggo es Alatriste (sobre todo después de leer ésto), él siempre consigue transformarse en sus personajes, tomárselos en serio, y tal vez por eso me guste tanto.

No era un actor, pensé de pronto. Era la imagen rigurosa del héroe cansado

Conocí a Viggo Mortensen en un restaurante de El Escorial: un danés rubio y flaco, callado, de aire tímido, que hablaba un excelente español con acento argentino. Iba a interpretar al capitán Alatriste, pero yo sabía poco de él. Lo había visto en algunas películas y recordaba sobre todo sus ojos claros, su mirada de hielo mientras atormentaba a Demi Moore en La teniente O’Neil. Me gustaba su careto flaco y duro, su talento como actor, su interés por el personaje y el proyecto. Durante aquella comida hablamos de fotografía, de literatura y de España. Dos días más tarde vino a mi casa, y mientras tomábamos café rodeados de libros relacionados con la época y el personaje, me regaló varias cosas editadas por él, entre ellas un magnífico álbum de fotografías suyas sobre caballos. En correspondencia, le di un tratado de equitación del siglo XVIII.
No nos vimos mucho durante la intensa preparación de la película, y sólo en tres ocasiones durante los largos meses de rodaje. Me llamó alguna vez para comentar aspectos del personaje y de la historia, como el lugar de nacimiento de Alatriste. Nunca lo detallé en ninguna de las cinco novelas publicadas hasta ahora, pero a Viggo le interesaba el dato. La vieja Castilla, respondí. ¿Puede ser León?, preguntó tras pensarlo mucho. Puede, respondí. Así que se fue a León y lo pateó de punta a punta, deteniéndose en cada pueblo, en cada bar, hablando con quien se le puso delante. En efecto, concluyó al fin, Alatriste es leonés. Y lo dijo tan convencido que a estas alturas ni yo mismo cuestiono ya el asunto. De ese modo, viajando, leyendo, mirando, Viggo se llenó de España; de nuestra historia, de la luz y la sombra que nos hicieron como somos. Y así, en un proceso asombroso de asimilación, terminó haciéndose español hasta la médula: lo estudió todo, trabajó hasta perder el acento argentino, y hasta frecuentó a toreros para aprender ciertas maneras, cierto sentido de respeto por el enemigo, cierta actitud de resignado estoicismo ante la vida y ante la muerte.
Hace unos días estuve en la llanura de Uclés, convertida cinematográficamente en el campo de batalla de Rocroi: allí donde, en 1643, los temibles tercios españoles fueros destrozados por la artillería y la caballería francesas. Se rodaba la secuencia final de la película, porque en Rocroi, en el último cuadro formado por los veteranos del tercio viejo de Cartagena, termina la historia del capitán Alatriste. Estuve detrás de las cámaras, espectador privilegiado, viendo a un centenar de jinetes cargar una y otra vez contra la fiel infantería española, y a Viggo en primera línea, cabeza descubierta y espada en mano, vendiendo cara su piel y la de sus camaradas. Se cree de verdad que es Diego Alatriste, me comentó el director, Agustín Díaz-Yanes, entre toma y toma. Los actores son todos unos tíos raros, añadió, pero éste es un caso especial. Lo cree por completo. Se ha metido tan dentro del personaje que parece más español que nadie. Observa esa desesperación y esa mala leche. Hasta los días en los que no tiene que rodar, se viste y se queda aparte, con su espada entre las manos, pensando. Y así está, el cabrón. Inmenso. Que se sale.
Después, en una pausa del rodaje, estreché la mano de Viggo, manchada de sangre cinematográfica. Charlamos un rato y nos fuimos a comer bajo la carpa que nos protegía del sol, mientras yo observaba su mostacho soldadesco, sus cicatrices, el coleto cubierto de polvo y sangre, los ojos claros y absortos que miraban como sólo miran los veteranos, más allá de la vida y de la muerte. No era un actor, pensé de pronto. Era la imagen rigurosa del héroe cansado. El resumen vivo de todos aquellos hombres arrogantes, valientes, crueles, que sostuvieron con su espada y con su sangre un imperio agonizante, y luego, olvidados por reyes imbéciles y por una patria ingrata y miserable, terminaron como perros callejeros, mendigos, enfermos, mutilados, ahorcados por la justicia o acuchillados en un campo de batalla. Y allí, sentado bajo la carpa frente a mi personaje, cada uno con su gazpacho, su merluza y su agua mineral en la bandeja del catering, comprendí que nunca podré pagarle a Viggo Mortensen la deuda que durante esta larga y compleja aventura cinematográfica contraje con él. Por encarnar con perfección absoluta lo que Sebastián Copons, fiel compañero de Alatriste, le dice al joven Íñigo Balboa antes de la última carga de la caballería enemiga: «Si sales de ésta, cuenta lo que fuimos».

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El Pintor de Batallas

10, marzo, 2006 at 12:05 am (Uncategorized)

Ha salido la última novela de Pérez-Reverte, “El Pintor de Batallas”. Supongo que terminaré comprándomelo y leyéndolo, pero mientras, ahí queda esta entrevista que le hizo José Andrés Rojo para El País como presentación de la obra.

Pregunta. Es un libro un tanto diferente en su trayectoria. ¿Cómo surge y cómo lo aborda?
Respuesta. Era una novela que tenía que escribir. Se la debía a mis lectores y me la debía, sobre todo, a mí mismo. Puede interpretarse como un tablero de ajedrez, como la revelación de las claves que explican mis otras novelas. Aquí muchos personajes y tramas anteriores encuentran su porqué.
P. ¿Cómo ha trabajado con esta novela, qué es lo primero que surge, qué elemento resulta esencial?
R. Una novela podría ser como esta misma habitación, que está llena de objetos. Puedes acercarte a ella a través de cualquiera de las piezas que la llenan. Cuanto más conoces cada objeto, mejor darás cuenta de lo que hay. Hay novelas que surgen de un personaje, otras de la estructura, otras de la historia, hay muchos caminos. Ahora tengo 54 años y una biografía detrás, que te impone unas obligaciones. Hay que correr riesgos. Más aún cuando llevas 15 años escribiendo ficción, y sabes que no eliges tú, que son las novelas las que te eligen.
P. Pocos personajes, mucho diálogo, y la guerra como telón de fondo.
R. No es una novela autobiográfica, no es una novela de periodistas, no es una novela de guerra. Lo que yo quería contar es la desolación que produce la certeza de descubrir el caos del universo. Lo que ocurre cuando se constata que la naturaleza no tiene sentimientos, y que gobierna el horror. Los hombres antiguos estaban preparados para semejante desorden, pero el hombre moderno ha preferido ignorarlo. Y llega un tsunami y lo arrasa todo. Y se toma como una novedad cuando ha ocurrido siempre.
P. Aun así, la guerra impregna toda la novela…
R. Pero eso ocurre únicamente por un detalle biográfico. Conozco las guerras, las he vivido muchos años, pero el eje, lo esencial de la novela, es otra cosa. Para contarlo sirve la guerra, es verdad, pero también podría haberse narrado a través de un médico de urgencias o de un policía de barrio.
P. La anécdota es, pues, secundaria…
R. Hay tres ejes que arman el libro y que se proyectan en los tres personajes principales. El arte, la ciencia, la guerra: el pintor, la mujer que ama, el visitante que llega de manera sorpresiva. Pero las cosas no son tan simples, todas las cuestiones terminan por mezclarse. Lo escribí en una antigua novela, La tabla de Flandes, donde decía que el tablero donde se juegan las cosas es gris, nunca blanco y negro.
P. Arte, ciencia y guerra, pero al final lo que está en juego es cómo convivir con el desorden.
R. Si cuanto pasa es totalmente casual la existencia resulta insoportable y sin ninguna salida. Cuando se desencadena el horror, caben distintas respuestas. Una es estremecerse, y desentenderse de cuanto pasa. Otra es negar lo que ocurre, y lavarse las manos. Pero también se puede asumir que las cosas son así y aprender a vivir sabiendo cuáles son las reglas de juego. Frente al horror, se puede pensar que existe un orden secreto que desencadena las cosas. Lo ha hecho la ciencia, que ha encontrado que el caos obedece a un cierto orden. Es quizá una postura más optimista que entender que todo se rige exclusivamente por el azar: consuela saber que hay un orden que gobierna el mundo.
P. La mujer dice que sólo hay dos maneras de comprender el mundo: la lógica y la guerra.
R. La guerra es la manifestación más evidente de la irrupción de esa crueldad innata que forma parte de todos los hombres (y de la naturaleza). Y aunque hablemos de una ficción, y no pueda hacerme cargo de lo que dicen en la novela los personajes, sí estoy de acuerdo con esa observación. La guerra de la que trato no procede de una elaboración teórica. Si me sirvo de sus horrores es porque los conozco de manera real y directa.
P. La novela plantea, sin resolverlos, muchos problemas existenciales, morales. Como el de la responsabilidad. ¿Cómo podemos responder de actos y situaciones que nos superan?
R. Cualquier novela que tenga una cierta ambición tiene que ser ambigua. El escritor tiene que dejar muchos cabos sueltos para que el lector los amarre cuando lea el libro. La responsabilidad debe entenderse siempre en ese contexto donde mandan las reglas de juego que están detrás del desorden del mundo. ¿Hasta qué punto es responsable el que roba, viola y mata en una guerra? ¿Cuánto hay en lo que hace de ciega respuesta a una vorágine que lo arrastra? ¿Y quiénes somos nosotros para juzgar la situación?
P. Los tres personajes fundamentales del libro conocen la guerra de primera mano.
R. Creo que es muy importante estar cerca de lo que ocurre para poder contarlo. Sobre todo porque cuanto más te acercas al objeto, más confuso se vuelve el foco de la lente. Todo es más complejo ahí cuando se ve de cerca.
P. En la novela, el fotógrafo abandona su cámara y se convierte en un pintor de batallas. Sólo así, a través del arte, puede comprender y expresar lo que ocurre.
R. La fotografía sustituyó en su día a la pintura para dar cuenta de la realidad. Pero la sociedad actual lo machaca todo, y las fotos ya no sirven para contar el mundo. Desde que una imagen de guerra ilustra una campaña publicitaria, su eficacia está gravemente cuestionada. Habla ya de un mundo que no es real, que es virtual. El pintor de batallas cree que solamente el arte puede dar respuesta a esas cuestiones que no se pueden responder. Vuelve a los viejos métodos, a los maestros antiguos.
P. Quienes observan su trabajo dicen que en su cuadro se mezcla lo viejo con lo moderno…
R. El pintor quiere atrapar la esencia de la guerra, de Troya a las Torres Gemelas. Y si hay un regreso a los maestros antiguos es porque ellos sabían que habitamos un mundo hostil, no se hacen ilusiones. Volvamos a las tragedias griegas, a Homero, a Cervantes. Ellos transmiten esa verdad terrible: que la naturaleza es fría, que no hay compasión, que reina el desorden. Basta ver cómo los dioses utilizan a los humanos como piezas que sucumben a un destino que ellos mismos traman. El mundo moderno nos protege de esa verdad, y nos hace frágiles frente al caos de la vida.
P. ¿Qué sentido tienen los valores de cuantos presumen de buena conciencia ante esa realidad que no se ciñe a categorías simples?
R. Es incomprensible que haya gente que pueda dormir tranquila después de decir unos cuantos lugares comunes. Hay que asumir, con estoicismo y lucidez, nuestra naturaleza, y nuestra naturaleza es cruel. Es así, y eso no es bueno ni malo. El mal no es ajeno a nosotros, somos nosotros.
P. Los dos protagonistas comentan que esa crueldad del mundo es aún mayor cuando tiene que ver con los hombres, porque son más inteligentes.
R. El talento de un hombre brillante al servicio del mal puede ser terrible. Aquello de que la maldad es torpe, y no lo es la bondad, no tiene ningún sentido.

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